Recorrer Campeche es evocar recuerdos y disfrutar de paseos y la Alameda Central es lugar propicio para ello.

Ubicada a la salida de la Puerta de Tierra, por el barrio de Santa Ana, el sitio se presta para una breve caminata o disfrutar de un agua fresca en sus bancas, como en antaño, cuando quien podía, recorría en calesa disfrutando el atardecer.

El general Francisco de Paula Toro lo mandó construir, según cuentan las viejas historias de la ciudad, para que paseara su esposa, doña Mercedes López de Santa Anna, siendo iniciada la construcción el 15 de febrero de 1830 y abierto al público en la Nochebuena de ese mismo año.

Originalmente, se encontraba allí una estatua conocida como “La India Mosquito”, que está hecha de madera estucada y policromada, en tamaño natural representando a una india con el torso desnudo, ataviada con falda y penacho de plumas, armada con arco y carcaj a la espalda; posteriormente fue retirada y colocada en el parque de San Román y luego transportada a Celestún por parte del Gobierno Imperial. Finalmente, fue recuperada por el Ayuntamiento de Campeche y actualmente se encuentra resguardada en el Centro Regional INAH, ubicado en la Casa del Teniente de Rey. Actualmente, en el lugar se encuentra una estatua dedicada al presidente Benito Juárez.

En un principio contaba con 56 bancas dobles, aunque luego de que en la década de los 60, en el siglo XX, un general mandara a recortar la longitud original del paseo, el número de asientos quedó en sólo 40.

Al mismo tiempo, Toro mandó construir el puente que se encuentra anexo para el tráfico público y que debía conectar a Santa Ana, pasando por el puente de Guadalupe (donde hoy está la famosa Zanja), hacia el mar. Como remate del mismo cuatro mastines custodiaban el camino, que, según cuenta una leyenda, inicialmente debían ser unos pebeteros. Dicen las consejas que doña Mercedes, pasó a revisar la obra y que, cuando le dijeron que irían los recipientes a ella no le pareció y le dijo a su esposo que mejor pusieran las esculturas de sus perros llamados Aníbal y Alejandro, puesto que los mismos habían sido un regalo de su hermano Antonio López de Santa Anna; y así quedaron inmortalizados por partida doble en el conocido como Puente de la Merced.

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